miércoles, 17 de agosto de 2011

A las escondidas con la libertad


Por Diego Martínez

La democracia no es suficiente.

La vigencia del sistema democrático en Uruguay no asegura por sí solo la vigencia plena de la libertad. El ejemplo en la “generación del 45”, particularmente de lo que Aldo Mazzucchelli ha denominado “la generación crítica”, da cuenta de un sistema democrático plenamente vigente, aunque en una sociedad cuyos soportes liberales fueron cuestionados y debilitados sistemáticamente.

La libertad tiene aún por delante un trayecto de construcciones que ineludiblemente debe recorrer, si de verdad la comunidad aspira al goce de sus ventajas y al ejercicio real de sus valores por ésta y las próximas generaciones.

Esa construcción pasa por las interminables pujas que la vida cotidiana dirime y que tiene que ver con la teoría, con la doctrina, con el aporte ideológico, por supuesto, pero sobretodo y ostensiblemente con la literatura que leemos, el cine, teatro y televisión que vemos, la educación de nuestros hijos, la gestión social de religiones y ciencias, la participación en el deporte, el acceso y ejercicio de nuestros derechos, el acceso a las ofertas, el acceso a la información, el disfrute de las fiestas populares y así múltiples actividades que hacen la cultura de nuestra sociedad.

Democracia no es igual a libertad, es una condición, un instrumento, una garantía. Es muchas cosas. Pero existen ámbitos en que la vigencia de la libertad no se dilucida a través de técnicas democráticas. Reparemos solamente en el ejemplo del profesor y su alumno. Puede existir allí la expresión de mayor libertad aún cuando la educación se imparta en un país sin democracia. Al contrario, también ocurre que docentes -aún en sistemas democráticos- arrasan con la libertad en la relación diaria que mantienen con sus discípulos.

Del mismo modo es impensable una propuesta liberal concebida exclusivamente desde el enfoque económico. En este sentido, la distinción que realizó Benedetto Croce (“Liberalismo y liberismo”, 1928), entre el liberalismo como una cosmovisión ética y el liberismo como estricta libertad económica, sigue tan campante.

Benedetto Croce tuvo razón y lo que ahora se denomina “neoliberalismo” no es más que lo que él llamaba “liberismo”, una aplicación de ciertas libertades al funcionamiento de la economía.

Para el liberalismo la libertad es un fin (y por supuesto un principio). Pero para los neoliberales la libertad es un medio, que al postular la modificación de regulaciones, monopolios y al propio Estado, privilegia a ciertos actores y sus intereses particulares.

En buena medida, el neoliberalismo y la izquierda dogmática, terminan operando en un mismo sentido, que no es otro que el eclipsamiento del individuo. El primero ataca los monopolios públicos para luego formar monopolios privados. La segunda los defiende, aunque postergue al individuo y termine sometiéndolo a la lógica de sus prioridades .

No haber entendido esto, o no haber luchado para que se entendiera, por parte de algunos integrantes del elenco liberal de Uruguay y América Latina, generó una confusión entre liberalismo y neoliberalismo. Esta circunstancia, paradójicamente “liberó” territorios para el avance de los escépticos y por supuesto de los enemigos del Uruguay verdaderamente liberal.

Nuestro silencio, nuestra omisión, la aceptación, facilitó que hoy se gobierne al Uruguay desde un neoliberalismo de izquierda que juega a las escondidas con la libertad del individuo.

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