Por Diego Martínez
El “no te metás”, “pase a estudio”, “desígnase una comisión”, o directamente el “no se puede”, nos tienen en el horno. Aplastados como sistema de oportunidades. Resignados a la mediocridad y a la soberbia del Estado. Condenados a apenas sobrevivir.
Todo lo cual nos desafía en el plano de la libertad. Los uruguayos y uruguayas gozamos de libertad a medias, pues es la hegemonía de las necesidades, su predominio respecto a las oportunidades, lo que compromete y posterga la vigencia plena de aquella. Y la libertad es el único camino hacia la felicidad, a poder querer realmente lo que tenemos y tener lo que queremos.
Es hora de audacia.
Contar con una buena idea, con una buena edad, o con buenas condiciones personales, es en nuestro país –sobretodo para quienes forman parte de la azotada clase media- un motivo de frustración. Desde el sistema tributario hasta los códigos que rigen los comportamientos en la economía –en su mayoría basados en la confianza- la peripecia de un emprendedor en Uruguay para producir, para generar riqueza, es cercana a lo milagroso. Poseer inteligencia, o arte, u oficio, o inventiva, bien puede resultar un dato menor por este pago si la cédula de identidad dice que ese fulano o fulana es joven. Carecer de bienes inmuebles si se aspira a acceder al crédito, es otra ruta segura hacia la desilusión.
Es preciso inaugurar el “se puede” y ello es posible si se elige la audacia como la gran herramienta para abrir caminos más allá del conservadurismo al que conducen los riesgos y sus incertidumbres. Es posible. E impostergable. En este sentido, una educación que forme productores y no proletarios, un sistema crediticio verdaderamente especializado y un rol más preponderante del seguro, pueden modificar las reglas de juego que hacen a nuestro sistema temeroso y probablemente por ello frustrante, expulsor y mediocratizador.
También es posible si quienes son dirigentes del sistema creen en la capacidad de recuperación de la gente. Es la oportunidad perdida por el Frente Amplio en estos años de gobierno. Ni ahorró parte de la bonanza –como los chilenos- ni la invirtió en acciones para el sistema de oportunidades. Sólo vio la ventaja de clientelizar a una parte de sectores empobrecidos por las crisis que colorados y blancos no supimos prever y menos encarar a fondo, con persistencia y audacia hasta terminar con el problema. Como sí lo propuso, lo impulsó y en buena medida lo logró Germán Rama desde el 95 hasta el inicio del nuevo siglo. En cinco años, con su reforma educativa dirigida a interrumpir los denominados “factores culturales de reproducción de la pobreza”, universalizó la educación preescolar para todos los niños de cuatro y cinco años, expandió las aulas de tiempo completo, creó la enseñanza media por áreas, descentralizó la formación docente, informatizó los centros educativos, creó los centros de lenguas extranjeras y los bachilleratos tecnológicos, con lo que Uruguay vio emerger una matriz diferente en su sistema de oportunidades. Alcanza con pensar en centenares de residentes del interior que ya no debieron llegar hasta el IPA en Montevideo para formarse como docentes, o miles de madres que pudieron empezar a trabajar porque sus hijos ingresaron en las propuestas escolares de tiempo completo.
Transcurridos los recientes años de bonanza, Uruguay debería tener solucionado el tema lechero, también el ferrocarrilero, deberíamos tener un nivel de endeudamiento mucho menor –planteado, además, sobre el respeto y el compromiso con las nuevas generaciones- otra universidad pública debería estar en marcha, otro IVA, liceos y escuelas técnicas de tiempo completo, la seguridad vial debería ya ser una asignatura curricular de nuestra enseñanza, la seguridad ciudadana debería formar parte de un plan estratégico inexistente desde siempre. Esto y mucho más está pendiente.
Para miles de jóvenes uruguayos, ingresar hoy y acá al sistema de oportunidades, es por ejemplo tener una moto. Hasta que un accidente se los hace pensar. Para otros miles de jóvenes, oportunidad es sinónimo de irse, emigrar. En el caso de otros miles de compatriotas desocupados, de edad avanzada, el retiro jubilatorio es imposible. Ni ocupados, ni jubilados, pues. Tampoco acceden a créditos que viabilicen sus proyectos para producir. En este país no se puede gozar del sistema universitario si no se vive en la capital, si se pasa de la escuela al liceo público se deja de comer, los habitantes pagan energía y comunicaciones como no lo hacen ni los ricos de otras comunidades. El agua estatal, si uno se baña dos veces por día, probablemente pague IVA. Nacer en Uruguay hoy, es acceder al título de deudor de más de siete mil dólares, se nazca en Tres Ombúes, en Casupá, en Punta Carretas o en Sarandí del Yi. La audacia, siempre una actitud ausente y la libertad, pues, un valor vulnerado.
Es precisoi atacar los problemas del Uruguay y dejar de aceptar, de una vez por todas, al Uruguay como un problema.
La audacia nos desafía a gritos. Cuando algunos no quisieron escucharla en otras comunidades, los muros les escribieron “Basta de realidades, que empiecen las promesas!!”.
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