sábado, 27 de agosto de 2011

La interminable machacona fusionista

Por Javier Suárez

En 1884 Federico Acosta y Lara entendía que no había grandes diferencias entre los partidos políticos. “El blanco y el colorado no discrepan en nada, son fracciones, divisiones de la sociedad uruguaya por razón de un hecho histórico que ya hoy ha desaparecido, y que pretenden únicamente apoderarse del gobierno”. Por tal motivo, y de forma inequívoca, era preciso que “los representantes del pueblo no deben ser partidarios, es decir, que a pesar de haber sido elevados a la representación nacional por un partido, no deben ser exclusivistas atendiendo preferentemente a los intereses de su partido, sino que ante todo deben inspirarse en el interés general.”

El planteo no era nuevo. Con mayor magnitud, Andrés Lamas en 1855 consideró la inexistencia de “una sola idea social, una sola idea moral, un solo pensamiento de gobierno” que dividiera a blancos y colorados. Por ello, la decisión no ameritó medias tintas: “Rompo pública y solemnemente esa divisa colorada, que hace muchos años que no es la mía, que no será la mía jamás (…) Repudiando las divisas, repudio todas las tradiciones odiosamente personales y de guerra civil representadas por ellas”.

Mucha agua corrió en el Uruguay del 900. Entre otras cosas, el afianzamiento del “republicanismo”, la consolidación del “liberalismo individualista”, y en menor medida, el surgimiento de la matriz disociativa y del conflicto de la mano del marxismo y el anarquismo. Ahora sí, por si alguna duda persistía del pasado, las distancias partidarias, incluso dentro de cada colectividad, sin perjuicio de la política de coparticipación instaurada constitucionalmente en 1918, fueron notorias y ostensibles.

En una época donde tirios y troyanos debatían sobre el “liberalismo solidario” todavía repiquetean las palabras del poeta anarquista Ángel Falco, quien subido a un árbol se dirigió al novel Presidente Batlle y Ordóñez como “ciudadano” para solicitarle su apoyo a las manifestaciones obreras de 1911. Luego de un momento de meditación, la respuesta no se hizo esperar: “Soy el encargado de hacer cumplir el orden y los derechos de todos los ciudadanos… y por lo tanto, el Gobierno garantizará vuestros derechos mientras os mantengáis dentro del terreno de la legalidad”. De inmediato, ante el desconcierto conservador, sentenció “Organizaos, uníos y tratad de conquistar el mejoramiento de vuestras condiciones económicas, que podéis estar seguros que en el Gobierno no tendréis nunca un enemigo, mientras respetéis el orden y las leyes”. No sin razón, citando al historiador Vanger, Barrán y Nahum entienden que las expresiones de Don Pepe estaban “bendiciendo –con actitud crítica- a la multitud en el comienzo de la primera huelga general en la historia del Uruguay, declarada por una organización que, ese mismo mes, había manifestado que se dedicaría al logro del comunismo anárquico”.

No obstante, mantener el orden social y la seguridad era prioritario para el batllismo. Más aún, teniendo en cuenta algunas reivindicaciones que lindaban con la extrema violencia anarquistas. Las resoluciones de las huelgas de 1913 y 1914 en Colonia dan cuenta que “el reformismo no estaba dispuesto a admitir la alteración violenta del orden social. Su `obrerismo´ era radical, no revolucionario”, agregan los autores.

Tremenda obra nacional que permeó la mentalidad colectiva uruguaya, aunque no de forma exclusiva y absoluta sí extraordinaria de parte del gobierno batllista, instaló la imposición moral de proteger a los “débiles”, “desamparados” y “humildes” de las injusticias sociales y culturales permanentes y no meramente circunstanciales e individuales del momento. Defensores y detractores no lo olvidaron.

A pesar de todo, algunas certezas de antaño parecen ser cuestionables con lupa del presente. Augurios de desvanecimiento partidario, propuestas de fusión, pedidos de pases, proclamaciones ideológicas lejos de las colectividades políticas de origen parecen estar a la orden del día. Lo cierto es que en el último ballotage, en medio de la progresiva recuperación colorada luego de una estrepitosa caída, faltó discurso batllista o peor aún, la mayoría del electorado identificó la libertad con oportunidades lejos de la colectividad partidaria de origen.

Revisemos nuestras prácticas. Analicemos los discursos poniendo a prueba las herramientas sin renunciar a los principios. Encaucemos el rió. No podemos olvidar que la constante re-definición de la ciudadanía en sus aspectos sociales, políticos y civiles no puede ser “atada con alambres”, ni menos orbitar absolutamente en el terreno de las privatizaciones.

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